Reproduïm aquí l’article de Lola Fernández al Magazine d’El Mundo del 10/7/2016, per no existir en versió web.

PONGÁMONOS EN 1966: HACE SÓLO 50 AÑOS. Visualicemos aquellos desorbitados ojos de Alfredo Landa, ya para siempre epítome del españolito-tipo, mientras exclamaba: «¡Que vienen las suecas!». Concedamos unos segundos para maravillarnos del destino simbólico de esta simplona línea del más que simplón guión de Amor a la española. Medio siglo después, aún destila el júbilo, la ansiedad lujuriosa y las esperanzas de prosperidad que nuestro país viene depositando en el turismo desde que el primer biquini aterrizó en nuestras playas. Hoy, los guardianes de la macroeconomía y los empresarios del sector aún siguen considerando a los turistas su maná caído del cielo. Pero para los vecinos de los barrios más visitados, el hechizo se ha roto.

Pintadas en el casco histórico de Palma de Mallorca rezan: Stop guiris; El turisme destrueix la ciutat; Refugees Welcome, Tourist Go Home. Este «Turistas volved a casa» es ya un clásico en Barcelona, donde un 13% de residentes valora negativa o muy negativamente que la ciudad sea un destino turístico de referencia internacional. Alrededor de 300 personas se manifestaron el pasado febrero «por la abolición de los pisos turísticos» bajo el lema Somos barrios: stop turismo masivo. En las pancartas se leía «Más vecinos, menos hoteles» o «La Barceloneta no se vende», eco de la preocupante pérdida de vecinos de los barrios más castigados por el alza de precios del suelo que conlleva el turis mo de masas. El Barrio Gótico, por ejemplo, ha perdido un 17,6% de población y sus alquileres han subido un 6%. Nadie quiere hablar de turismofobia, aunque el hastío es grande. Digamos, pues, que a vecinos y turistas se les rompió el amor, efectivamente, de tanto usarlo.

«Cansancio sí que hay, pero no desesperación», explica Luis Clar, presidente de la asociación de vecinos de la Seu, el barrio de la capital balear donde aparecieron las pintadas contra los turistas, y que recibe a miles de cruceristas (el 8 de mayo, con ocho cruceros en el puerto, coincidieron casi 22.000). «Entre los vecinos de nuestro barrio, que es el más afectado, no hay turismofobia. En algún otro, sí. Yo creo que el descerebrado, con perdón, que hizo las pintadas vive en un barrio periférico al nuestro. Hace tres años ya hizo una pintada en un hotel, pero la taparon rápidamente y pasó desapercibida. Estoy seguro de que es un fundamentalista de estos que opina que todo lo que viene de fuera es malo. Detrás de esas pintadas hay, posiblemente, un sentimiento político de tierra propia, de que los turistas son invasores. No tiene más significado: un descerebrado».

Daniel Pardo es vecino del barrio barcelonés de Ciutat Vella, uno de los más afectados por el turismo masivo (13.000 vecinos menos en ocho años), y miembro de la Asamblea de Barrios Afectados por el Turismo. Él sí que detecta turismofobia en
su ciudad, hasta el punto de que las estadísticas municipales reflejan que el turismo es la cuarta causa de desvelo ciudadano, por delante del tráfico, los problemas económicos, los transportes o la contaminación. «Claro que hay rechazo», insiste Pardo. «Es difícil no tomarla con los turistas, aunque sea internamente y en silencio, porque están por todas partes. Sólo pasando por este sufrimiento de las molestias que dan pie a la turismofobia llegas a tomar conciencia de la profundidad del problema. Entiendo esa reacción, aunque cuando la racionalizas y desplazas el foco, te das cuenta de que el enemigo no es el turista, sino cierta industria turística sin escrúpulos que sólo busca el beneficio a costa de lo que sea».

Pardo recuerda cómo, hace ocho o diez años, en Barcelona también se sostenía la tesis de que las quejas vecinales por los excesos turísticos eran «cosa de cuatro exaltados o xenófobos», mientras que hoy ya existe «un consenso social bastante avanzado de que se trata de un problema grave, aunque la industria del sector y los lobbies pretendan seguir sacándole tajada, justificándose en su contribución a la economía en forma de puestos de trabajo». Ya el verano pasado Mari Pau Alonso, presidenta de la Asociación Profesional de Guías Turísticos de Barcelona, confesaba a este diario cómo los guías perciben la turismofobia: «Te pisan, te miran mal, te empujan y hacen comentarios despectivos cuando pasas con un grupo de visitantes».

«Eres mi vida y mi muerte», escribieron Quintero, León y Quiroga. Y algo de eso sucede cada verano en estos destinos tan deseados por los turistas. Barcelona, la ciudad que más visitantes recibe del país, se acercará este año a los 10 millones, aunque las estimaciones llegan hasta los 30 millones si contabilizamos los que se alojan en apartamentos, casas de amigos o pasan sólo unas horas en en la ciudad. Hablamos del 15% del PIB y de más de 150.000 empleos: un impacto económico de más de 10.000 millones de euros al año.

magaz_elmundo_pag 38_39.jpgEl PIB balear crecerá en 2016 por encima del 4%, una cifra inédita desde 2000, gracias al turismo: las previsiones menos optimistas sitúan en más de 14 millones los visitantes que recibirá este año el archipiélago. En Valencia, Murcia y Madrid se prevé un 10% más de empleo gracias al aumento del turismo este mismo verano. Puede que nuestra economía no termine de arrancar, pero el turismo va como un tiro. En 2015, España recibió en total 68 millones de turistas que se dejaron aquí unos 68.000 millones, casi lo mismo que el Estado ingresa por IRPF.

Este año, otro más, se romperán todos los récords. La Confederación Española de Agencias de Viajes espera un incremento de las ventas de entre un 12 y un 15%, centrado en el litoral mediterráneo y los dos archipiélagos durante julio y agosto. Lleno completo, como los de antes. En el sector ya se habla del «verano de los 70 millones», una afluencia histórica debido a la inestabilidad política en la competencia (Túnez, Egipto y Turquía) y a los bajos precios del combustible. Hay expectación, hay alegría y hay, por lo bajini, preocupación. ¿Podremos con tantos? ¿A qué precio?

«Miedo, tengo miedo, miedo de perderte», decía la copla del maestro Solano. Sin embargo, este sentimiento, tan español, menudea en Poble Nou, Gracia o la Barceloneta. Parece que a sus habitantes ya no les compensan tanto los beneficios del turismo. O acaso ya no son lo que eran. Sus demandas, cada vez más audibles, van desde lo macro —tener voz y voto de calidad en las decisiones políticas al respecto de la comercialización turística de la ciudad, como defensores de lo que consideran «un bien de todos»— a lo mínimo: que una muchedumbre no te impida cruzar tu propia calle.

«Todo redunda en una destrucción del tejido social», explica Pardo. «La presión inmobiliaria desplaza a la población de estos barrios para sacarle partido turístico a las viviendas. Además, desaparecen los comercios de uso cotidiano y se sustituyen por un tejido comercial especializado en turistas: souvenirs, alquiler de patinetes eléctricos, restauración… Debido a la demanda, aumentan también los precios, de forma que los residentes también quedamos excluidos de este tipo de establecimientos. Y luego está la problemática de la movilidad: las personas mayores tienen miedo de salir a la calle y encontrarse con caravanas de bicicletas que no terminan o patinetes Segway a toda velocidad. Es francamente complicado llevar una vida decente en estas circunstancias.»

Por qué no se produce en Baleares una movilización vecinal parecida a la barcelonesa? ¿Acaso no soportan las islas similar presión turística? «En Barcelona, el aluvión turístico ha descargado en barrios populares, mientras que aquí se produce en barrios donde viven las clases altas y ya existen procesos de gentrificación, de ahí que no exista esa contestación social. A ver qué ocurre ahora que el turismo empieza a penetrar en otros barrios», plantea Ivan Murray Mas, geógrafo, profesor del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universitat de les Illes Balears y miembro del GIST (Grupo de Investigación en Sostenibilidad y Territorio). Murray Mas lleva años analizando la explotación turística del archipiélago. Él mismo se encuentra paradójicamente atrapado por el fenómeno que es su objeto de estudio. «Vivo en un piso de alquiler y en junio termina mi contrato. Estoy temblando porque no sé si me echarán. Es raro que a estas alturas aún no me hayan dicho nada y temo que quieran alquilarlo a los turistas. En cuestión de dos años, un 50% de los pisos de mi barrio han pasado a comercializarse a través de Airbnb».

En su opinión, en Palma no se puede hablar de turismofobia, pero sí de «tensión social» en algunos barrios. «La situación aquí es muy contradictoria, porque son las mismas personas para las que trabajas las que te sacan de tu casa. Conforme el monocultivo turístico vaya inundando el espacio, aumentará la intensidad y frecuencia de estas tensiones, de forma que la balanza se incline cada vez más hacia los costes que
hacia los beneficios que hacían que el turismo fuera aceptado socialmente».

Donde la tensión sí es insoportable es en Ibiza. Murray lo considera «un caso muy bestia a nivel mundial». Allí encontramos el ejemplo más extremo: la demanda turística de camas es tal que los pisos que antes se alquilaban a residentes o trabajadores temporales, se destinan hoy al alquiler turístico a precios inalcanzables. «Una vivienda que antes se alquilaba a una familia por 500 euros, ahora se coloca por 1.000 en el mercado turístico, y sin pagar impuestos», relata Murray. «Los trabajadores del sector ya no pueden vivir en casas: en el mes de mayo tienen que meterse en garajes, pisos patera, camas calientes o hacer las noches en el coche, porque los turistas reclaman sus viviendas».

Es en este sentido que los investigadores hablan ya de «burbuja turística»: «El mismo parque inmobiliario que se hinchó con la burbuja se ha recolocado dentro de otra burbuja, la turística», dice Murray. «De hecho, en ciudades como Nueva York, la mayor parte de la oferta de Airbnb está controlada por grupos turísticos e inmobiliarios, no por particulares».

En mayo, el Govern balear admitía que los recursos hídricos se sitúan un 15% por debajo del año pasado y no puede asegurar un verano sin cortes de suministro. Los controladores de Son Sant Joan advierten de una avalancha de vuelos: las instalaciones están preparadas para unas 66 operaciones por hora y las previsiones apuntan a que deberán operarse un centenar. El gerente del Área de Salud de Ibiza y Formentera, Josep Balanzat, confesó a un diario local que está «preocupado» por las cifras que se prevén esta temporada: «El problema que tenemos en Ibiza es que se colapsa todo: Urgencias, carreteras, playas, todo…».

Llorenç Carrio, concejal del distrito centro de Palma, reconoce que están llegando al límite de su capacidad. «Estamos forzando la máquina y a ver hasta qué punto se puede… No mucho más lejos. Aunque entiendo que tenemos las infraestructuras necesarias para esta temporada y, si aún la temporada que viene es un poquito mejor, para esa también». David Carreras, director del Observatorio Socioambiental de Menorca (Obsam), cree que «seguramente se ha llegado a un límite de lo que se puede soportar en esta isla con las infraestructuras que tenemos. Pero en municipios como Marcadal o San Luis, donde la población se quintuplica en verano, imagínate lo que supone para una carretera o una depuradora asumir de golpe esta diferencia de usuarios. Además, tenemos el único vertedero insular al límite de sus capacidades».

Quedan, al fondo de este tipiquísimo cuadro español, algunas cuestiones incómodas que abren más vías de agua en el tradicional discurso sobre las bondades del turismo. Pregunta Ivan Murray Mas: «¿Cómo es posible que estemos celebrando de nuevo una cifra récord de turistas en Baleares —todo apunta hacia 15 millones—, y tengamos un paro anual de un 15%? Esto lo explicas en otros países y se pegan golpes en la cabe
za. Son datos que no concuerdan. Aquí pasa algo».

Pardo razona exactamente en la misma dirección. «Cualquier persona se da cuenta de que el turismo masivo no es un buen negocio para el habitante de a pie. Está claro que mueve una cantidad enorme de dinero y alguien se la está embolsando, pero no somos los vecinos». David Carreras se acuerda del que menos cuenta en todo esto, el propio turista: «Si la gente conociera la densidad de personas que puede llegar a haber en una
playa, les disuadira de venir en verano. No es lo mismo disponer de 10 m2 por persona, que dos: si sacas el brazo de la toalla, tocas al de al lado».

Jorge Riera aduce que es imposible disuadir al visitante de que venga «porque en Europa existe libre circulación de personas y mercancías». Pardo señala la doblez de tal argumento: «El lobby turístico da por supuesto una cosa inaceptable: que los turistas vienen por sí mismos. Pero no es así: los traen. Existe una maquinaria publicitaria gigantesca trabajando sin descanso que es responsable de esta demanda masiva de ciertos destinos. La máquina tiene que parar». @genericidio

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