[Traducción del artículo publicado por La Directa, 20/3/202]

Junto con otras novedades arrastradas por la crisis del COVID-19, ha llegado el decrecimiento turístico, en una versión muy contundente. Desde la ABDT insistimos en que hay que pensar ya qué hacer con un sector que impacta a nivel social, ambiental y climático, y alertamos que la industria y los poderes públicos ya están planeando su rescate.

Primer día de confinamiento por el coronavirus en la Rambla de Barcelona / FREDDY DAVIES

Primer día de confinamiento por el coronavirus en la Rambla / FREDDY DAVIES

Sin entrar ahora a analizar las cifras que es están publicando, la bajada del turismo es evidente en toda la ciudad, como en la inmensa mayoría de lugares turistizados: vaciado de calles, hoteles, establecimientos de restauración y monumentos, puerto cerrado a cruceros, aeropuerto con restricciones de Italia y pronto probablemente otras, espacio aéreo europeo cerrado, etc.

La tozuda realidad turística (turistizada) de Barcelona, como la de muchos otros sitios, ha demostrado ser capaz de superar golpes que, en el momento, parecían amenazar seriamente el lucrativo mercado turístico: los atentados del 17 de agosto de 2017, el temporal Gloria o la quiebra del gigante turoperador Thomas Cook, por citar tres ejemplos de entre los más recientes. Pero hace años que vivimos otros episodios amenazadores: el proceso independentista, la represión contra el proceso independentista, los vendedores ambulantes, la delincuencia, etcétera.

Todas estas amenazas han sido utilizadas por la industria turística para reclamar ayudas públicas o medidas de las autoridades que la favorezcan, en buena parte concedidas, y a continuación hemos visto cómo las dinámicas de consumo turístico se recuperaban con una facilidad sorprendente.

Ahora, con la extensión del COVID-19 o coronavirus, las cosas parecen bastante más difíciles. En pocos días, hemos visto una alteración radical en la incidencia del turismo en nuestros territorios, en paralelo a la de nuesta vida cotidiana hasta prácticamente el último de sus rincones. Ante ello, vemos las mismas reacciones: demanda de ayudas públicas por parte del sector turístico y promesas por parte de las administraciones.

Desde la ABDT y otras organizaciones, hace mucho tiempo que exigimos el decrecimiento turístico como medida imprescindible para la sostenibilidad de la vida colectiva nuestros barrios y ciudad, y siempre hemos subrayado que este proceso de desturistización de la economía y de los territorios debe ir acompañado por políticas de fomento de economías alternativas o, mejor aún, de un cambio de sistema socio-económico, para evitar o minimizar la crisis socio-económica entre las clases trabajadoras.

También hemos repetido a menudo que el decrecimiento turístico no era una elección, sino una realidad que tendría lugar antes o después. Por ejemplo, ahora. Porque la economía turística es un sistema extractivo basado en el expolio material y simbólico de los bienes comunes que nos pertenecen a todas y todos, la explotación laboral y los impactos ambientales y climáticos, sí; pero es también un sistema altamente vulnerable, como tan acertadamente apunta Joan Moranta en este artículo publicado por Alba Sud. Además de los factores potenciales de decrecimiento accidental ya mencionados, podríamos evocar otros como el desvío de flujos hacia otros destinos (turismo prestado), conflictos bélicos, cambios geoestratéticos, encarecimiento del precio del petróleo, etc.

Por estos motivos, desde la ABDT hemos defendido siempre la necesidad de un decrecimiento turístico programado, consensuado y acompañado por políticas públicas que hagan que la reducción de un sector del que nuestra economía depende ya tanto no recaigan, una vez más, sobre las personas más desvaforecidas: despidos, paro, más problemas aún para llegar a final de mes, etc. Es decir, políticas de reconversión industrial -término reivindicable con otras maneras que las que lo vinculan a escenarios históricos negativos por el aumento de desigualdades e injusticias que generaron- o, aún mejor, cambios sistémicos hacia una sociedad más justa, igualitaria y solidaria.

Las administraciones públicas no deben, no pueden, rescatar al sector turístico. Se trata de una industria que aumenta las injusticias sociales, ambientales y climáticas, concentra riqueza y distribuye precariedad, expulsión y problemas de salud pública. No ha habido nunca, en ningún lugar, valentía política para asumir estas evidencias, contrarrestar la vergonzante presión de los lobbies e implementar políticas reales de decrecimiento turístico acompañadas por la promoción de otros sectores y/o del marco socio-económico.

Ahora que el decrecimiento turístico ha llegado de manera accidental, y en el extremo opuesto de la aparente tendencia al rescate público, las políticas públicas deben centrarse en las verdaderas víctimas de la crisis socio-económica de la caída del turismo (personas trabajadoras y familias) y, en paralelo, fomentar cambios en el tejido económico y en el sistema mismo para transitar hacia un sistema con menor desigualdad social.

Especialmente en un contexto de crisis global múltiple -climática, de contaminación, de materiales, económica y social-, la crisis del coronavirus no puede desembocar en más promoción del turismo sino, por el contrario, desincentivar un modelo turístico de masas que contribuye intensivamente a agravarlas.